Y, por ejemplo, dejar constancia por escrito de crisis vitales. Mostrar el interior, los más y los menos oscuros recovecos, pero sin nombres ni números.
O no volver a hacerlo. O cambiar la forma. O reinventarse. O inventarse (no tengo muy claro si tengo algo a ese respecto. Esto de que incluyan a la gente en la categoría de adulto por una mera cuestión cronológica...). O irse a la cama...
Crisis vitales: recuerdo una bien grande que me pillo justo cuando leía "Demian", de Hermann Hesse.
Recuerdo aquella gota de lluvia que se coló por la ventanilla abierta del coche y fue a parar a la página en la que se hablaba de la lluvia.
La peor crisis vital es no tener ninguna crisis nunca: eso es no estar vivo.
Saludos